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viernes, 4 de noviembre de 2016

Provocación innecesaria

Confieso que Dilma Rousseff me cae simpática...


No sé a ciencia cierta si la acusación de la que fue objeto -y por la cual fue separada de su cargo como Presidente de la República Federativa de Brasil y por la que hasta hoy es indagada- es cierta. Y en cualquier caso tampoco es de mi incumbencia, porque inocente o culpable no me la hace un personaje menos simpático. Estimo que, en todo caso, una mujer fogueada en los andariveles inciertos de la guerrilla con que buena parte de la izquierda brasileña resistió y combatió la dictadura en su país difícilmente pueda dejar pasar ante sus ojos una corrupción a ojos vista, y más aún cuando es famosa por su personalidad un tanto "controladora" por demás...
Pero al caso no viene un juicio personal que solo compete a la justicia de su país -país del que Uruguay es y ha sido más o menos socio minoritario con mayor o menor énfasis a través de la historia- sino a la inoportunidad de su presencia en Uruguay en estos momentos.

Cuando fue destituída por el Parlamento de acuerdo al recurso constitucional de "censura" o "impeachment", la cancillería del gobierno oriental emitió un breve comunicado indicando sentirse testigo de "una profunda injusticia" lo que de alguna manera resulta también la expresión de un juicio.
En tiempos en los que el viraje de los dos socios más importantes e influyentes del Mercosur, -Brasil y Argentina- fue hacia la "derecha", una expresión de este género pudo haber malogrado la relación con el nuevo presidente de Brasil, Michel Temer. Por fortuna, un posterior encuentro privado entre Temer y Vázquez en Nueva York aparentemente distendió el clima que pudo haber causado la falta de tacto de la cancillería con su gre-gre para decir gregorio.

Pero hoy la señora Rousseff está en Montevideo, será distinguida con las simbólicas llaves de la ciudad y declarada "visitante ilustre", se reunirá con el vicepresidente no-licenciado Sendic, dará una conferencia, y como frutilla de la torta participará de una marcha organizada por la Central de Trabajadores en la cual tomará la palabra.

Es decir que oficialmente o extraoficialmente Uruguay volverá a demostrar un cierto tufillo de desprecio al nuevo gobierno de Brasil, el que sancionó a la expresidente con su apartamiento de la primera magistratura mientras investiga los negociados, sobornos y tráfico de influencias durante su mandato.

Nada nuevo si pensamos que el partido que gobierna Uruguay insiste en que la familia Castro no constituye una dictadura en Cuba "porque en Cuba hay elecciones" aunque estas se diriman entre candidatos pertenecientes a diferentes personas propuestas por el único partido permitido en la isla; que considera que Maduro nunca se ha apartado de la constitución venezolana y que los negocios un tanto extraños que ese estado ha hecho con intermediarios uruguayos aportantes al MPP son perfectamente cristalinos aunque estén siendo investigados por la justicia a pedido de la oposición y de un legislador frenteamplista que por cierto no carece de cojones ni de dignidad.

Lo dicho: no tengo nada contra Dilma. Me resulta simpática. Pero como en el caso de la mujer de César, no resulta oportuno tanto homenaje hasta que no demuestre su inocencia. Quizá solo hace falta esperar un poco más, y entonces sí, recibirla con bombos y platillos.

Es una lástima que la izquierda en general, que siempre se preocupaba tanto por la cristalinidad y la honestidad, que vivía denunciando componendas y malversaciones a diestra y siniestra, se haya convertido -hoy en el poder- en una especie de topo, ciego a porfía, para evitar ver aquello que no le conviene, sobre todo dentro de sus propias filas.

Como decía la señorita Marple, aquella inefable viejecita detective de las novelas de Agatha Christie, "la naturaleza humana es igual en todas partes". Y la política -del signo que sea- y sus eslóganes, solo eso: eslóganes.

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