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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Discrimina, discriminador

Pobre María Marta Serra Lima: años y años siendo llamada "la gorda Serra Lima", y hoy es censurada ¡por expresar lo que piensa!...




Todo comenzó inocentemente en un programa al que fue invitada en Argentina -vive desde hace tres décadas en Miami- y dijo sin empacho que a ella no le agrada ver a dos mujeres besándose en público. No dijo que estuviera bien o mal, simplemente que a ella no le agradaba esa muestra de cariño en público. Dijo después, y avivó el fuego, que dijo "dos mujeres como podría haber dicho una mujer y un perro". Y las organizaciones de derechos humanos que brotaron como hongos después de la lluvia en el otoño kirchnerista ya amenazan con demandas, cartas-documento, escraches y otras medidas del tono que suelen aplicar en defensa de sus derechos, pero nunca en el de los demás.

Es decir, si yo, varón, tengo derecho a besarme apasionadamente con otro varón frente a usted, usted no tiene derecho a decir que no le gusta el espectáculo que damos. 

O cierra los ojos, o se retira del restaurante calladita la boca, o se esconde debajo de una baldosa a esperar que termine la exhibición de gozo ajeno, o se atiene a las consecuencias de una ley antidiscriminatoria que discrimina a aquellos que se sienten discriminados por ser parte de una performance no pedida. Así es la cosa: Serra Lima, de quien todo el mundo sabe que no es homófoba -su propio hermano gai murió a consecuencias del SIDA y el cincuenta por ciento de su público es gai- debe salir a pedir disculpas por su mente cerrada que no acepta que se haga público un acto privado.

Los ¿legisladores? que redactan las leyes deberían escribirlas en castellano primeramente, para que la gente de cierta edad como Serra Lima o como yo puedan entender su enunciación y captar su espíritu. Y luego, la comisión de la Fundación Ripley, sí, esa de "Aunque usted no lo crea" debiera tomarse el trabajo de viajar al Sur, a esta zona del Río de la Plata que otrora supo ser respetuosa y culta manteniendo puertas adentro sus relaciones sexuales y haciendo de la libertad de opinión el pendón más alto de las democracias.

Señora Serra Lima, mis condolencias. Lástima que cuando la llamaban "la gorda Serra Lima" -sus propios colegas, en sus monólogos- usted no les dedicó sus canciones adjetivando a sus nombres sus preferencias. Esos que hoy se rasgan las vestiduras por lo que usted dijo que no le gusta mientras gritan a voz en cuello lo que a ellos -y ellas, para ser nac & pops- les gusta.

Los derechos, como las vaquitas de don Ata, siempre son ajenos...

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